Por Juan Carlos Ariza Gómez / 27 de Abril de 2020

La devoción al Escudo del Sagrado Corazón de Jesús, popularmente reconocido como ‘El Deténte’, provino del Cielo. Nació del pedido directo hecho por el Sagrado Corazón de Jesús, en junio de 1.675, a una humilde y privilegiadísima religiosa vicentina, Santa Margarita María de Alacoque mientras rezaba al Santísimo Sacramento en el convento de la Visitación de Santa María, ubicado en la comuna francesa Paray-le-Monial, región de Borgoña, Francia.

Se trata de un sencillo emblema con la imagen del Sagrado Corazón y la divisa: “¡Deténte! El Corazón de Jesús está conmigo. ¡Venga a nosotros el tu reino!” Por inspiración Divina, surgió como un pequeño pero poderoso escudo que la Divina Providencia colocó a nuestra disposición a fin de protegernos contra los más diversos peligros que enfrentamos en nuestra vida cotidiana. Para ello, basta llevarlo consigo tras la promesa viva de llevar una vida honesta y cristiana. No es necesario que esté bendito, pues el bienaventurado Papa Pío IX extendió su bendición a todos los Deténtes.

Cuarenta y cinco años después, mayo de 1720, atracó en Marsella, Francia, el barco Gran San Antonio proveniente del cercano Oriente, con un cargamento de finas telas que traían consigo el bacilo de Yersi. Enseguida se desató el crecimiento explosivo de la gran peste bubónica que dejó en Marsella 35.000 personas muertas (39% de la población total) y 120.000 en Provenza. (30% del total).  

Entre paréntesis. Al compararla con la actual pandemia china no podemos dejar de sorprendernos. Su tasa de muertes resulta insignificante: 6% de los contaminados, no de la población total.

Escena peste bubónica , Tourette Marsella, 1720. Obra de Michel Apriete, Museo Atger, Montpellier

Continuemos. Este maravilloso auxilio, el Detente, fue recibido por los marselleses con gran devoción. Se difundió a la velocidad del rayo. La gran mayoría se confesó y volvió a Dios. En ceremonia pública, 28-05-1772, tras la solemne consagración de la ciudad al Sagrado Corazón de Jesus, en el Monasterio de la Visitación, el obispo Belsunce ofrendó y quemó a los pies de Jesús, un gran velón de cera blanca, simbolizando la quema de los pecados de aquel pueblo.

La historia registra que, después de 51 meses, la epidemia cesó como por milagro.

Esta bella ceremonia, consagración a Jesús y quema del gran velón, perdura hasta hoy. Se celebra en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, en Marsella, bajo auspicios de la Cámara de Comercio e Industria de Marsella-Provenza.

Dos siglos después, esta devoción al Detente fue poderosamente propulsada por el bienaventurado Papa Pío IX (1846-1878) con estas bellas palabras: “La Iglesia y la sociedad no tienen otra esperanza sino en el Sagrado Corazón de Jesús; es Él que curará todos nuestros males. Predicad y difundid por todas partes la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, ella será la salvación para el mundo”[1]


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[1] P. Jules Chevalier  M.S.C.Le Sacré-Cœur de Jésus, Retaux-Bray, París, 1886, p. 382