¿Por qué ha bastado que Humala se ponga algunas prendas de la abuelita de Caperucita sobre su piel de lobo feroz para que un porcentaje no despreciable de los peruanos, a juzgar por las recientes encuestas, se dejen llevar por las apariencias y estén dispuestos a dormitar en su engañoso regazo?

1. El próximo domingo 10 de abril se realizarán en el Perú elecciones generales para elegir al próximo presidente de la República, a sus vicepresidentes y a los nuevos miembros del Congreso. La segunda vuelta presidencial, en el caso de que ningún candidato alcance la mayoría absoluta de los votos, está marcada para el 5 de junio.

2. Al menos visto a la distancia, desde el exterior, el panorama electoral peruano no presentaba riesgos evidentes de desestabilización, como sí había ocurrido en las elecciones presidenciales de 2006, en las que el entonces candidato castro-chavista Ollanta Humala tuvo posibilidades de ganar y de arrastrar al Perú al abismo.

3. Ahora, de repente, en la recta final que culminará con el pleito electoral del 10 de abril, las encuestas de Datum y del Instituto de Opinión Pública de la Universidad Católica colocan en la delantera al candidato Ollanta Humala, con algo más del 20 %, seguido de cerca por los candidatos centristas Pedro Paulo Kuczynski, economista; Alejandro Toledo, ex presidente; y Keiko Fujimori, congresista.

4. Una explicación para la repentina subida de Humala sería la de que moderó su lenguaje radical, tomó distancia de su amigo, el presidente-dictador Chávez (por lo menos, de la boca para afuera), y prometió una transformación “gradual” de la sociedad.

5. Un problema es que la “gradualidad” revolucionaria, por su poder anestesiante, tranquilizante y emoliente de las mentalidades, tal como históricamente lo ha sido en otros países iberoamericanos, puede ser en el Perú potencialmente más autodestructora de la sociedad que la “radicalidad” revolucionaria, la cual, por andar demasiado rápido, suele despertar el miedo de moderados y sacudir a los centristas.

6. Otro problema es el hecho de por qué ha bastado que Humala se ponga algunas prendas de la abuelita de Caperucita sobre su piel de veterano lobo feroz para que un porcentaje no despreciable de los peruanos, a juzgar por las recientes encuestas, se dejen llevar por las apariencias y estén dispuestos a dormitar en el engañoso regazo de esta seudo abuelita de Caperucita.

7. Sin duda, con el debido respeto hacia el inteligente pueblo peruano, así como a otros pueblos del continente que han atravesado o atraviesan por situaciones políticas similares, una opinión pública enteramente saludable difícilmente se ensimismaría delante de maquillajes de última hora. En esos sectores más frágiles de la ciudadanía, más que de opinión pública se podría hablar tal vez de “temperamento público”, en el cual los movimientos temperamentales y sensitivos anularían, al menos parcialmente, los sanos movimientos de la inteligencia, de la voluntad y hasta del propio instinto de conservación.

8. El Premio Nobel de Literatura 2010, el peruano Mario Vargas Llosa, despertó el malestar de muchos políticos de su país cuando hace pocos días calificó el ambiente electoral peruano como un “torneo de payasadas” y añadió que “la pena para mí de esta campaña es que no ha habido lucha ideológica, ha habido un torneo de payasadas, pero lucha ideológica muy poco”.

Se piense lo que se piense de sus declaraciones, en todo caso ellas ponen el dedo en una llaga respecto de la cual deberían manifestarse no solamente los actuales dirigentes políticos peruanos, sino también dirigentes de todos los sectores de la sociedad.

Pero sería importante analizar, paralelamente, la otra cara de la medalla, la de los dirigidos políticos, que en el Perú y en otros países han ido perdiendo paulatinamente la capacidad de raciocinio y la sensibilidad moral tan necesarias para discernir la cizaña del trigo.

También sobre este punto tendrían que manifestarse y debatir los dirigentes de todos los sectores de la sociedad, especialmente, los eclesiásticos, que no deberían hacer silencio sobre ese fenómeno de la pérdida de la capacidad de juzgar el bien y el mal, porque la responsabilidad que les cabe a ese respecto no es pequeña.

9. En la recta final de la campaña electoral, es de desear entonces que los líderes naturales de esa gran nación peruana actúen en el plano de los principios, de las ideas y del sentido común para anular los mecanismos deformadores de opinión y seductores de las conciencias, y tratar de restaurar, en la medida de lo posible, la sana y auténtica opinión pública. En el Perú, esos dirigentes y esos dirigidos, desenmascarando a Ollanta Humala, cobrando al mismo tiempo la necesaria seriedad moral e ideológica a los demás candidatos, darán un ejemplo admirable para las Américas. También contribuirán para la estabilidad continental, porque no cuesta imaginar cómo la victoria de Ollanta Humala podría contribuir para agravar los conflictos regionales y dar aliento al alicaído chavismo.

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Abril de 2011