Por José Antonio Ureta, Oct. 10/2020
https://www.marcotosatti.com/2020/10/07/fratelli-tutti-un-minimo-comun-denominador-naturalista/

Fratelli Tutti no parece una enciclica, si no más bien la continuación del diálogo que, desde el inicio de su pontificado, Francisco ha mantenido con agnósticos como Eugenio Scalfari, Dominique Wolton o Carlo Petrini, en la tentativa de convencerlos que la Iglesia Católica es compatible con la modernidad atea.

Las encíclicas de los pontífices anteriores tomaban de las verdades eternas de la Revelación divina las enseñanzas aplicables a la situación concreta, y especialmente a las crisis, de la coyuntura eclesial o temporal. Diversamente, el “espacio de reflexión sobre la fraternidad universal” (n. 286) de Francisco propone una infinidad de análisis exclusivamente humanos como un denominador común aceptable por todos, a pesar de las divergencias religiosas o filosóficas, una vez que “esta carta está dirigida a todas las personas de buena voluntad, más allá de sus convicciones religiosas” (n.56).

Esa búsqueda del mínimo común denominador con el agnosticismo queda patente en el pasaje de la encíclica sobre “el consenso y la verdad”, en el cual se subraya que la dignidad inalienable de todo ser humano “es una verdad que responde a la naturaleza humana más allá de cualquier cambio cultural” y se agrega: “A los agnósticos, este fundamento podrá parecerles suficiente para otorgar una firme y estable validez universal a los principios éticos básicos y no negociables, que pueda impedir nuevas catástrofes. Para los creyentes, esa naturaleza humana, fuente de principios éticos, ha sido creada por Dios, quien, en definitiva, otorga un fundamento sólido a esos principios”. Pero, tal vez para apartar cualquier sospecha de proselitismo religioso, aclara  que “esto no establece un fijismo ético ni da lugar a la imposición de algún sistema moral, puesto que los principios morales elementales y universalmente válidos pueden dar lugar a diversas normativas prácticas. Por eso deja siempre un lugar para el diálogo” (n. 214).

De esta búsqueda de un mínimo común denominador con el agnosticismo también resulta que, en esta nueva encíclica,  abundantemente auto-referencial (170 citaciones de si mismo, 43 de sus predecesores, apenas 20 de padresy doctores  de la Iglesia), se nota una ausencia de presupuestos y de consideraciones de carácter sobrenatural e inclusive de consideraciones religiosas específicamente cristianas. Fratelli Tutti  adopta un lenguaje claramente naturalista e interconfesional. Son prácticamente omitidas la vocación sobrenatural del hombre, la herida introducida en el mundo por el pecado, la necesidad de la Redención en Cristo, el papel salvífico de la Iglesia, la gracia divina como requisito para el perfeccionamiento individual y el progreso social y la ley natural como fundamento del orden internacional, que han constituido la base de las exhortaciones de los pontífices anteriores.

El naturalismo y el interconfesionalismo son particularmente evidentes en la noción de base de la encíclica, o sea, el “nuevo sueño de fraternidad y de amistad social” (n.6) y el consecuente “deseo mundial de hermandad” (n.8) que Francisco quiere hacer renacer a partir del reconocimiento por todos de la dignidad de cada persona humana, sin ninguna referencia a Dios, a parte un breve mención de la convicción de los creyentes, lo que acentúa  el carácter inusual del documento.

La misma parábola del Buen Samaritano es interpretada en clave meramente humanista: el relato, según el pontífice, “nos revela una característica esencial del ser humano, tantas veces olvidada: hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor” (n. 68). Jesús “confía en lo mejor del espíritu humano y con la parábola lo alienta a que se adhiera al amor, reintegre al dolido y construya una sociedad digna de tal nombre” (n. 71). El carácter laico de ese amor se acentúa con la consideración de que una persona de fe “puede sentirse cerca de Dios y creerse con más dignidad que los demás”, mientras paradojalmente “a veces, quienes dicen no creer, pueden vivir la voluntad de Dios mejor que los creyentes” (n.74).

Tal amor al prójimo no resulta necesariamente del amor de Dios. La palabra “caridad” es mencionada 33 veces en la encíclica, pero en ninguna de ellas es asociada a la “amistad del hombre por Dios” que es en lo que ella consiste esencialmente (S. Tomás, Summa, II-II, q. 23, a. 1, resp.), de donde resulta que “la razón de amar al prójimo, es Dios” (Ibid. q.25, a.1, resp.). La omisión del carácter primordialmente vertical de la caridad llega al punto de afirmar que lo que orienta los actos de las virtudes morales (como la fortaleza, sobriedad, laboriosidad, etc.), es “en qué medida estos realizan un dinamismo de apertura y unión hacia otras personas” (n. 91), haciendo silencio del amor de Dios.

Por todo lo anterior, la encíclica Fratelli Tutti parece encuadrarse ampliamente en el juicio crítico hecho por S. Pio X a los escritos del movimiento Le Sillon, en su encíclica Notre charge apostoliqueen la que escribió que ese movimiento  promovía un concepto de fraternidad que no era católico:

“Esta misma doctrina católica nos enseña también que la fuente del amor del prójimo se haya en Dios, Padre común y fin común de toda la familia humana, y en el amor de Jesucristo, cuyos miembros somos, hasta el punto de aliviar a un desgraciado es hacer un bien al mismo Jesucristo. Todo otro amor es ilusión o sentimiento estéril y pasajero. Ciertamente, la experiencia humana está ahí, en las sociedades paganas o laicas de todos los tiempos, para probar que, en determinadas ocasiones, la consideración de los intereses comunes o de la semejanza de la naturaleza pesa muy poco ante las pasiones y las codicias del corazón. No, venerables hermanos, no hay verdadera fraternidad fuera de la caridad cristiana, que por a amor a Dios y a su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, abraza a todos los hombres, para ayudarlos a todos y para llevarlos a todos a la misma fe y a la misma felicidad del cielo. Al separar la fraternidad de la caridad cristiana así entendida, la democracia [promovida por Le Sillon], lejos de ser un progreso, constituiría un retroceso desastrosos para la civilización” (n.24, el destaque en negritas es nuestro).

Las palabras de S. Pio X nos dan luces para resaltar otro aspecto de la última encíclica de Francisco: la síntesis relativista de la convivencia de los contrarios que, por medio del diálogo, debe servir de soporte para la fraternidad universal y la amistad social. El modelo de una “cultura del encuentro” (mencionada 6 veces a lo largo del texto) y del “diálogo” (mencionado 46 veces) sería San Francisco “no hacía la guerra dialéctica imponiendo doctrinas” sino que era un verdadero padre en la medida que “que acepta[ba] acercarse a otros seres en su movimiento propio, no para retenerlos en el suyo, sino para ayudarles a ser más ellos mismos” (n.4).

Hoy, por el contrario, “prima la costumbre de descalificar rápidamente al adversario, aplicándole epítetos humillantes, en lugar de enfrentar un diálogo abierto y respetuoso, donde se busque alcanzar una síntesis superadora” (n. 201). De hecho, debemos pensar que “las diferencias son creativas, crean tensión y en la resolución de una tensión está el progreso de la humanidad” (n. 203).

Según el Papa Francisco, eso no sería relativismo, porque permanece válida una verdad objetiva: que todo ser humano es sagrado (n. 207), de donde resulta que los derechos humanos son inviolables (n.209 ) y un valor permanente, transcendente y no negociable (n.211 y n.273) . Cuanto a lo demás, “lo que llamamos ‘verdad’” (las comillas son de la encíclica) “es ante todo la búsqueda de los fundamentos más sólidos que están detrás de nuestras opciones y también de nuestras leyes” (n.208), por lo que, “en una sociedad pluralista, el diálogo es el camino más adecuado para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y respetado, y que está más allá del consenso circunstancial” (n.211). De allí nace una cultura del encuentro que es “un estilo de vida tendiente a conformar ese poliedro que tiene muchas facetas, muchísimos lados, pero todos formando una unidad cargada de matices”, “una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente” (n.215). Por eso son necesarios, de un lado, “el hábito de reconocer al otro el derecho de ser él mismo y de ser diferente” (n. 218) y, de otro lado, “un pacto cultural” que implica aceptar la posibilidad de ceder algo por el bien común.

“Ninguno podrá tener toda la verdad ni satisfacer la totalidad de sus deseos, porque esa pretensión llevaría a querer destruir al otro negándole sus derechos” (n.221) . Se trata del realismo dialogante “de quien cree que debe ser fiel a sus principios, pero reconociendo que el otro también tiene el derecho de tratar de ser fiel a los suyos” (idem) y permite soñar juntos “como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos” (n. 8).

Según Francisco, esto no es sincretismo ni absorción de uno en el otro, sino apostar “por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna” (n.245), o sea, parece una forma peculiar de dialéctica hegeliana en que la síntesis permanece como un horizonte inalcanzable.

Es fácil constatar que esto no es harmonizable  con lo que enseñó S. Pio X al condenar al movimiento Le Sillon por apartarse de la doctrina católica: “Lo mismo sucede con la noción de la fraternidad, cuya base colocan en el amor de los intereses comunes, o, por encima de todas las filosofía y de todas las religiones, en la simple noción de humanidad, englobando así en un mismo amor y en una igual tolerancia a todos los hombres con todas sus miserias, tanto intelectuales y morales como físicas y temporales. Ahora bien, la doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o práctica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material” (n.24, el destaque en negritas es nuestro).

El tono de relativismo filosófico y el interconfesionalismo religioso de Fratelli Tutti se extiende igualmente a las relaciones entre la Iglesia Católica y las  otras religiones. Como las distintas religiones valoran “cada persona humana como criatura llamada a ser hijo o hija de Dios”, ellas “ofrecen un aporte valioso para la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad” (n.271). En ese aporte, todas las religiones serían iguales: “Desde nuestra experiencia de fe y desde la sabiduría que ha ido amasándose a lo largo de los siglos, aprendiendo también de nuestras muchas debilidades y caídas, los creyentes de las distintas religiones sabemos que hacer presente a Dios es un bien para nuestras sociedades” (n.274).

Tamnbién la Biblia se encuadra en esta  equiparación, porque, para Francisco, todos “los textos religiosos clásicos pueden ofrecer un significado para todas las épocas, tienen una fuerza motivadora” (n.275). Y agrega más adelante: “Otros beben de otras fuentes. Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo” (n. 277).

Más aún, Dios no tiene ninguna opción preferencial por los bautizados en general  (que son los únicos verdaderos hijos de Dios), ni por los fieles católicos, miembros de su Cuerpo Místico, en particular, sino que “el amor de Dios es el mismo para cada persona sea de la religión que sea. Y si es ateo es el mismo amor” (n.282).

De esos presupuestos religiosos y filosóficos  – a la búsqueda, como dijimos al inicio, de un mínimo común denominador para todos los hombres – la encíclica Fratelli Tutti deduce  principalmente dos consecuencias prácticas que originarán  un malestar, cuando no abrirán una brecha, todavía mayor entre el Papa Francisco una gran parte de los fieles católicos: se trata de la promoción de la inmigración como condición para una sociedad abierta y de un gobierno mundial para la resolución de los problemas globales.

Para el Papa Francisco, “el amor que se extiende más allá de las fronteras tiene en su base lo que llamamos ‘amistad social’ en cada ciudad o en cada país”, condición para “una verdadera apertura universal”  (n.99). Su universalismo no se confunde con una globalización que favorece “el imperio homogéneo, uniforme y estandarizado de una única forma cultural dominante”, sino que construye una sociedad poliédrica “donde al mismo tiempo que cada uno es respetado en su valor, ‘el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas’” (n.145). Como en el caso del diálogo, para el pontífice “una sana apertura nunca atenta contra la identidad”, porque “al enriquecerse con elementos de otros lugares, una cultura viva no realiza una copia o una mera repetición, sino que integra las novedades ‘a su modo’. Esto provoca el nacimiento de una nueva síntesis” (n. 148).

Por eso, hay que “pensar y gestar un mundo abierto” (es el título del capítulo 3 de la encíclica), en que vigoren “derechos sin fronteras” (es el subtítulo de una sección), porque “nadie puede quedar excluido, no importa dónde haya nacido, y menos a causa de los privilegios que otros poseen porque nacieron en lugares con mayores posibilidades. Los límites y las fronteras de los Estados no pueden impedir que esto se cumpla” (n.121). Porque la destinación universal de los bienes de la tierra no sólo grava la propiedad privada con una función social – “quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos” (n. 122) – sino que condiciona también la soberanía de las naciones sobre su territorio, por lo que “cada país es asimismo del extranjero, en cuanto los bienes de un territorio no deben ser negados a una persona necesitada que provenga de otro lugar” (n.124).

En realidad, los bienes de un país deben estar a disposición no sólo de los necesitados de ese país, porque “nos corresponde respetar el derecho de todo ser humano de encontrar un lugar donde pueda no solamente satisfacer sus necesidades básicas y las de su familia, sino también realizarse integralmente como persona” (n.129). Eso valería decir que cualquiera que se considere un nuevo Picasso o un nuevo Einstein tendría derecho a exigir transferirse  en Paris o Massachusetts, para poder desarrollar plenamente sus talentos artísticos o científicos en la Écôle des Beau Arts o en el MIT!.

Si muchos emigran simplemente para buscar un futuro mejor que en su patria – a diferencia de cuanto a veces había dicho,  si bien en modo muy sumario –  en esta encíclica el Papa Francisco no se preocupa del derecho de cada país de reglamentar migratorio según las propias posibilidades, sino que se limita a decir  que “la llegada de personas diferentes, que proceden de un contexto vital y cultural distinto, se convierte en un don” y en “una oportunidad de enriquecimiento y de desarrollo humano integral de todos” (n. 133). E insiste: “Los inmigrantes, si se los ayuda a integrarse, son una bendición, una riqueza y un nuevo don que invita a una sociedad a crecer” (n. 135).

No hay ninguna mención al riesgo de una inmigración masiva y desestabilizadora, como ocurre actualmente en Europa, donde una fuerte componente musulmana rehusa a integrarse, al punto de que el Presidente Macron debió lanzar una iniciativa contra el “separatismo islámico” de las periferias urbanas donde ni siquiera la policía puede entrar…

Papa Francisco, por el contrario, cree necesario deber  subrayar el riesgo de los “narcisismos localistas” que “esconden un espíritu cerrado que, por cierta inseguridad y temor al otro, prefiere(n) crear murallas defensivas para preservarse a sí mismo” y “se clausura(n) obsesivamente en unas pocas ideas, costumbres y seguridades” (n.146). La vida local “se vuelve estática y se enferma” (idem), porque “los otros son constitutivamente necesarios para la construcción de una vida plena” (n.150).

Las migraciones,  por lo tanto, no sólo son buenas en sí mismas, sino que “constituirán un elemento determinante del futuro del mundo“ (n.40). La crisis sanitaria del Covid-19 es, a su vez, la gran oportunidad para salir de la “autopreservación egoista”: “Ojalá que al final ya no estén ‘los otros’, sino sólo un ‘nosotros’”, para que “la humanidad renazca con todos los rostros, todas las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos creado” (n.35), porque “la verdadera calidad de los distintos países del mundo se mide por esta capacidad de pensar no sólo como país, sino también como familia humana” (n.141).

Pero, “para hacer posible el desarrollo de una comunidad mundial, capaz de realizar la fraternidad a partir de pueblos y naciones que vivan la amistad social” (n. 154) es necesario “fomentar no únicamente una mística de la fraternidad sino al mismo tiempo una organización mundial más eficiente” (n. 165). En este contexto, se vuelve indispensable “la maduración de instituciones internacionales más fuertes y eficazmente organizadas” y “dotadas de poder para sancionar”. No una “autoridad mundial” de tipo personal, sino instituciones “dotadas de autoridad para asegurar el bien común mundial” (n.172). Como el párrafo siguiente es dedicado a la necesidad de una reforma de la ONU, se entiende que, en el espíritu de Francisco, corresponde a esta organización ejercer ese papel, por lo cual “es necesario evitar que esta Organización sea deslegitimizada” (n.173).

En una coyuntura en que despuntan en el horizonte gravísimas crisis económicas y sociales, resultado de la respuesta histérica de la OMS y de los gobiernos a los desafíos del Sars-Cov-2, el espectro de una dictadura mundial, primero sanitaria y luego política. No se trata de una perspectiva imaginaria, producto de una mente “conspiracionista”, sino la realización del sueño iluminista de una República Universal acariciado en las logias masónicas ya antes de la Revolución Francesa, indirectamente evocada en la encíclica mediante la reproducción de la trilogía “Libertad, igualdad, fraternidad” en uno de sus subtítulos (n.103).

No es despropositada una evocación de la Masonería en la conclusión de esta visión a vuelo de pájaro de Fratelli Tutti. El número de enero de la revista Nueva Hiram, órgano trimestral del Gran Oriente de Italia, fue publicado un artículo de Pierluigi Cascioli con un comentario sobre el documento “Fraternidad humana por la paz en el mundo y por la convivencia común”, firmado en Abu Dhabi por el Papa Francisco y el iman  Ahmed el-Tayeb, principal fuente de inspiración para la redacción de la nueva encíclica (n.5) que incorpora varios trechos de esa declaración conjunta. Aunque Pierluigi Cascioli se pregunta si el catolicismo y el islam sunita llevarán la declaración hasta sus últimas consecuencias (dando acceso pleno a las mujeres en las respectivas jerarquías y admitiendo la legitimidad de las relaciones homosexuales), él reconoce enfáticamente que los dos líderes religiosos “expresaron posiciones de vanguardia” y que valores de fraternidad universal contenidos en el documento no sólo son compatibles con la fe específica de los dos signatarios, sino que “tales valores pueden ser perfectamente compartidos por otros, con base en un ‘mínimo común denominador’ constituido por la razón”, porque “cada ser humano tiene una dignidad infinita”. Después de insistir en que “los masones, que tienen la fraternidad como centro de gravedad, no pueden dejar de afrontar este Documento”, el articulista de Nuovo Hiram explica que este último invita a “asumir la cultura del diálogo como camino” (un empeño  también presente en Fratelli Tutti) y concluye con la siguiente interpelación: “En aplicación de este principio, ¿católicos y sunitas querrán dialogar con los masones?”.