Eugenio Trujillo Villegas / Director Sociedad Colombiana Tradición y Acción / 2.04.2019

El  sur occidente de Colombia sigue inexplicablemente paralizado, situación que está próxima a completar un mes.  El Ejército, la Policía, el Gobierno y el Presidente, se han convertido en atentos observadores de uno de los chantajes más espantosos que el País recuerde, sin hacer absolutamente nada para evitarlo.

En efecto, menos de 300.000 indígenas del Departamento del Cauca han puesto de rodillas a las instituciones colombianas y exigen rabiosamente un sartal de sandeces que ningún estado legítimo puede aceptar.

Entre ellas, que nunca más se fumiguen los cultivos de coca con glifosato; que los helicópteros y aviones de las FFAA no puedan sobrevolar los cabildos indígenas; que el gobierno aumente en poco más de tres billones de pesos al año (mil millones de dólares) los subsidios que se les conceden a las comunidades indígenas, de tal forma que puedan seguir viviendo sin trabajar;  que se expropien 49.000 hectáreas productivas, que son propiedad privada, y se las entreguen a los cabildos indígenas; que se prohíba la extracción de petróleo por fracking en Colombia;  que se restrinja la minería en gran escala; que se garantice la impunidad para los indígenas que cometieron delitos durante las protestas;  y por último, para demostrar el delirio de sus pretensiones, que no se reconozca al Sr. Juan Guaidó como presidente de Venezuela.

El análisis más elemental de los hechos demuestra que los indios no están solos, ni es a ellos a quienes se les ha ocurrido semejante disparate. Fuerzas siniestras con gran poder de destrucción están por detrás de la protesta, dirigiendo, ordenando y estableciendo el rumbo de la misma, con evidentes intereses subversivos para destruir la unidad nacional y conducir el País hacia el caos, hacia la anarquía, y hacia la toma del poder por parte de la izquierda marxista, ávida de seguir los pasos del chavismo y del castrismo.

El País los ha visto con toda claridad, pues ni siquiera han tenido la precaución de disimularlo. En las mesas de negociación, junto a los representantes del Estado, se han sentado los “honorables” congresistas de las FARC, para estimular y dirigir la protesta. Allá llegó también el incendiario senador Gustavo Petro, con su horripilante séquito de odio de la autodenominada Colombia Humana. Como él mismo lo dijo el día que perdió las elecciones presidenciales, pretende incendiar el País, derrocar al presidente legítimo y tomarse el poder por la fuerza, para imponer una dictadura igual a la de Maduro, a la de Castro y a la de Ortega, sus íntimos amigos y fieles secuaces, e imponer así la revolución bolivariana en Colombia.

En este intento de destruir a Colombia hay otras sabandijas además de las ya mencionadas. También están las FARC, supuestamente pacificadas, con su armamento reluciente, que según Santos ya fue entregado a la ONU. Y también está el ELN, que no quiere saber de negociaciones, pero sí de claudicaciones del Estado, que aquí se consiguen con extrema facilidad. Y también están los numerosos carteles de la droga que abundan en toda América, pues es exactamente en esta región de cabildos indígenas donde se cultiva la coca. Y también están presentes los dueños de las rutas que sacan la droga que viene de otras regiones del centro y del oriente de  Colombia, rumbo al Océano Pacífico, que es por donde llega a su destino final, que son los EEUU.

Y como si esto ya no fuera un panorama aterrador, ahora prometen que muchas otras comunidades indígenas de otras regiones, y también las llamadas negritudes, y otras minorías raciales manipuladas por la subversión, se quieren unir al paro con el fin de extenderlo a toda Colombia. Es un hecho que ya comenzó la movilización en varios departamentos con esta finalidad. Lo que ellos llaman “protesta pacífica” ya comienza a asesinar policías, soldados y opositores; a dinamitar los puentes y las carreteras; a aterrorizar a casi 50 millones de colombianos, que vemos con estupor este desenlace inesperado del “proceso de paz”, que se impuso por el engaño y la manipulación mediática del gobierno del ex presidente Santos, al concederle espacios de impunidad a las protestas ilegítimas de las minorías.   

Semejante situación caótica paraliza a cinco departamentos colombianos, en los cuales ya faltan los alimentos, los insumos médicos más urgentes, los combustibles, y muchos otros productos de primera necesidad. ¿Hasta cuándo? Nadie lo sabe…

Hay muchas preguntas obvias en medio de la emergencia, que no tienen respuesta. ¿Dónde está el Presidente? ¿Y los ministros? ¿Y la Policía? ¿Y el Ejército? Pues no vemos que las autoridades legítimas estén atendiendo el clamor de millones de afectados, a quienes se les impide ir a sus propiedades, sacar sus productos agropecuarios para alimentar a Colombia, ejercer su derecho al trabajo, a la movilización, al comercio, a la industria, a la educación, a la salud y a la vida. Todo esto ha desaparecido del horizonte de los derechos ciudadanos, para imponer la dictadura de las minorías subversivas.

Si hay algún ejemplo actual de violación de derechos humanos, es éste que estamos presenciando. Sin embargo, los que hablan tanto de defenderlos, ahora callan.  Para esta gente perversa, los derechos humanos no son más que un instrumento de guerra a favor de la revolución marxista. Aunque ven morir la gente de hambre en los paraísos comunistas, ellos solo quieren destruir la economía de libre mercado que sí produce riqueza, y que además, hace posible la generosa ayuda humanitaria que salva la vida de los países comunistas.

Pero no solo callan los comunistas hipócritas. También están silenciosos y acobardados muchos líderes religiosos y empresariales. Los Obispos, los dirigentes de los gremios, los dirigentes políticos, poco o nada dicen al respecto. Y gracias a ese silencio, las llamas se extienden y el peligro aumenta.  

¡Colombia! ¡Despierta! ¡Esta es la paz mentirosa que nos han prometido! Votamos contra esto en el plebiscito, elegimos al presidente Duque para salvarnos de esta tragedia y a pesar de ello, aunque no lo queremos, nos arrastran contra nuestra voluntad hacia el cadalso del socialismo. ¡Es hacia allá que nos están llevando!