Por Eugenio Trujillo Villegas, director Sociedad Colombiana Tradición y Acción.

Si el País decide ignorar las señales de alarma que se dispararon con evidente y ruidoso estruendo,  podremos decir entonces que nuestro destino ya está escrito, que se acercan días de grandes turbulencias y que los enemigos de Colombia darán el zarpazo definitivo para destruir la Nación. Si no nos preparamos para evitarlo, vendrán días de convulsiones sociales, de caos político y económico, que inevitablemente traerán  consigo el desmoronamiento del orden jurídico e institucional del País.

Cuando el Presidente Iván Duque ganó las elecciones hace año y medio, la izquierda encabezada por el ex guerrillero Gustavo Petro, con sorpresa para todos, obtuvo ocho millones de votos, contra los poco más de diez millones que eligieron al Presidente.  Es claro que los votos de Petro no eran propios, y tampoco están endosados a cualquier candidatura presidencial de extrema izquierda en el futuro, pero sí es evidente que indican un gran descontento, después de ocho años de un gobierno corrupto, favorecedor de las FARC y del narcotráfico como lo fue el de Santos.

La conclusión evidente, en boca de todos, es que si este gobierno no hace las cosas bien, es decir, si no resuelve con urgencia y con eficacia los grandes problemas del País, el próximo gobierno a ser elegido en el año 2022 será de extrema izquierda. Pues bien, transcurrida una tercera parte del actual periodo de gobierno, los indicadores nos muestran un panorama sombrío.

Las alcaldías de las principales ciudades como Bogotá, Medellín y Cali, fueron ganadas por candidatos de extrema izquierda. Las principales gobernaciones también fueron ganadas por la oposición. El partido del Presidente Duque fue humillado, pues sus candidatos, algunos de ellos muy mal escogidos, estuvieron bien lejos de los ganadores.

A esta situación, que ya es de la mayor gravedad, se le suma un componente explosivo muy importante. Es la erupción anarquista que ha surgido en varias naciones vecinas, que pretende destruirlas gracias a la más espectacular agresión ideológica y política desde la caída del Muro de Berlín hace ya 30 años. Chile, Ecuador y Perú han sido sometidos al vandalismo más radical, articulado por minorías anarquistas que son dirigidas e ideologizadas por el Foro de Sao Paulo, y puestas en acción por terroristas de Venezuela y de Cuba que dirigen a los locales, que han demostrado una enorme capacidad de destrucción. Para resumir, es suficiente con recordar las declaraciones de Diosdado Cabello, el sátrapa venezolano, quien afirmó que se trataba de una “brisita bolivariana”, que estos comunistas pretenden  convertir en un verdadero “huracán”.

¡El próximo objetivo de ese “huracán” es Colombia! De esto no podemos tener la menor duda. Desde el comienzo del Proceso de Paz de Santos, las FARC no renunciaron a la lucha armada, ni al narcotráfico, ni al terrorismo. Es evidente que a través de las llamadas disidencias, toda la estructura criminal de las FARC está intacta, lista para actuar, para intentar tomarse el poder en alianza con los carteles de la droga, que son ellos mismos con otros nombres, y así dar el zarpazo definitivo para destruir a  Colombia.

Sin embargo, hay algo que preocupa aún más. Por décadas, los colombianos hemos vivido con el fantasma del comunismo, que amenaza con tomarse el poder pero nunca lo ha logrado, gracias a una firme resistencia en la opinión pública que ha impedido ese avance. Y lo que indican las recientes elecciones, es que ante el peligro que acecha, nuestro Presidente, sus ministros y sus funcionarios más importantes, no parecen darse cuenta de nada, dejando a la nación a la deriva ante el resurgimiento de  alarmantes índices de inseguridad, de peligro y de zozobra. 

Este resultado electoral denuncia fundamentalmente que la gente no cree en la capacidad del Presidente para enfrentar los problemas que se nos vienen encima.  Sin embargo, es claro que sí tiene esa capacidad de hacer lo correcto, si es que quiere hacerlo. Muchas cosas se han conseguido en materia de lucha contra la corrupción, de transparencia en la administración del Estado, de enderezar situaciones gravísimas que dejó Santos en su desenfreno por entregarle el país a las FARC. Pero eso no es suficiente.

Es necesario advertir el peligro con anticipación y enfrentarlo con decisión, escogiendo para ello a  las personas adecuadas,  que sepan a qué tipo de enemigo nos estamos enfrentando. No basta con que en los cargos más importantes del Gobierno, en donde se trazan las directrices y se establece el rumbo a seguir, haya buenas intenciones, buenas ideas y buenos burócratas, cuando estamos a punto de que una horda infernal destruya lo que hemos logrado en siglos de progreso.

¡Ese es el reto! Ese es el presidente que necesitamos a partir de ahora. Los errores del pasado hay que corregirlos, pero sobre todo, el Gobierno y los colombianos debemos entender que vamos a ser objeto de una avalancha marxista que nos va a querer destruir, con el pretexto mentiroso de procurar la paz y la equidad social. ¡Y si no hacemos nada, nos van a destruir! Pero, si desde ya  nos preparamos para el embate que viene, con seguridad que saldremos victoriosos.

Lo que toda Colombia debe tener muy claro es que incendiando y destruyendo la infraestructura de transporte público, los centros comerciales, las iglesias, y sembrando el terror en las calles como acontece ahora en Chile, no acabaremos con la pobreza, ni mejoraremos el nivel de vida de nadie. Esto es un Golpe de Estado articulado por la extrema izquierda latinoamericana para imponer regímenes totalitarios en todas las naciones, al más puro estilo de Cuba, de Nicaragua y de Venezuela.


Publicado en https://ipco.org.br/__trashed-4/ y en http://www.abim.inf.br/voz-que-alerta/#.Xeewim5Fx9A