En el Siglo IX, habiendo sido el grandioso Imperio Carolingio reducido a escombros, sobre estos se lanzaron en nuevas y devastadoras incursiones los bárbaros, los normandos, los húngaros y los sarracenos.

No pudiendo las poblaciones, así acometidas por todos los lados, resistir a tantas calamidades con el mero recurrir al ya muy debilitado poder central de los reyes, se volvieron, muy naturalmente, hacia los respectivos propietarios de tierras, en demanda de quien las comandase y las gobernase en tan calamitosa circunstancia.

Accediendo al pedido, los propietarios construyeron fortificaciones para ellos mismos y para los suyos.

Con la designación “suyos”, el espíritu del tiempo, profundamente cristiano, incluía, paternalmente, no sólo los familiares, sino también la llamada sociedad heril, formada por los empleados domésticos, trabajadores manuales y sus respectivas familias, que habitaban las tierras del propietario.

Para todos había refugio, alimento, asistencia religiosa y comando militar en esas fortificaciones, las cuales, con el tiempo, se fueron transformando en los altaneros castillos señoriales, de los que restan hoy tantos ejemplares.

Y, en el recinto de esos castillos, cabías a veces hasta bienes muebles y el ganado que cada familia de campesinos conseguía sustraer así a la codicia de los invasores.

En la reacción militar, el propietario rural y sus familiares eran los primeros combatientes.

El deber de ellos era comandar, estar en la vanguardia, en la peligrosa dirección de las ofensivas más arriesgadas, de las defensivas más obstinadas.

A la condición de propietario se sumó así la de jefe militar y la de héroe.

Muy naturalmente, todas esas circunstancias revertían, en los intervalos de paz, en poder político local sobre las tierras circundantes, lo que hacía del propietario un señor, un Dominus en el sentido pleno de la palabra, con funciones de legislador y juez.

Y, en cuanto tal, un trazo de unión con el rey.

20 de Marzo de 2013