La meta que el comunismo nunca logró a través del terrorismo, o de las urnas,
hoy la están obteniendo con la degradación moral y con la destrucción de la familia

Alfredo Machale y Alejandro Ezcurra / Revista Catolicismo, Brasil, Julio 2006 / Se publican extractos trascendentales que siguen vigentes
http://catolicismo.com.br/materia/materia.cfm/idmat/40ED01B5-3048-560B-1C7D3ADE0558DC72/mes/Julho2006

Es el mundo entero el que hoy está amenazado por una inmensa degradación moral, con efectos demoledores en la institución básica de la sociedad que es la familia. Si en las materias socio-económicas las diferencias entre los jefes de Estado son muchas, en este aspecto son pocas, pues la familia -y con ella toda la sociedad civilizada- está siendo corroída en América Latina por las mismas fuerzas revolucionarias mundiales que antes intentaron imponer la utopía marxista en el campo sociopolítico.

Las clases dirigentes parecen no haberse dado cuenta de que las corrientes de izquierda, han sustituido la revolución proletaria por la cultural. Y que en vez de haberse vuelto moderadas, se radicalizaron. La nueva Revolución cultural implica la corrupción a gran escala de las costumbres como pregona una novedosa visión, más actualizada, perversa y extrema del mismo comunismo.

Antonio Gramsci, padre de la siniestra ‘Revolución cultural marxista’

Sería demasiado extenso mencionar a todos los autores comunistas y socialistas que promueven esta neo-revolución, toda ella de carácter psicológico y tendencial. Para comprenderla cabalmente, es importante mostrar la lógica que la inspira:

1. Para implantar el llamado comunismo total – “anarquía sin caos” decía Marx- es preciso derribar la sociedad “capitalista”, cuya piedra angular es la familia “burguesa”

2. Y para desmantelar la familia, sin sangre ni dolor, conviene estimular el desenfreno sexual y el libertinaje total. No más ataques ideológicos.

Marxismo y abolición de la institución familiar

En el Manifiesto Comunista de 1848, Marx y Engels lanzaron la siniestra proclamación: “¡Abolir a la familia!” Lema asumido y desarrollado después por todos sus secuaces, entre ellos Antonio Gramsci, fundador y más tarde secretario general del Partido Comunista Italiano (PCI), considerado el mayor ideólogo marxista de Occidente.

En 1930 Gramsci formuló ​​su estrategia: para establecer de manera duradera el régimen comunista, es indispensable cambiar el actual sistema de creencias, tradiciones y costumbres regionales (1). A este cambio lo denominó Revolución Cultural.

Después de Gramsci, muchos ideólogos marxistas adoptaron esta estrategia. Herbert Marcuse, por ejemplo, la denominó “marxismo cultural” y precisó su objetivo: derribar “la moral de la sociedad existente”, con miras a anular las resistencias a las reformas anarquizantes marxistas. Y no dejó dudas al decir: Se acabó la idea tradicional de revolución y la estrategia tradicional de revolución […]. Lo que debemos emprender es una especie de desintegración difusa y dispersa del sistema. (2)

Esta desintegración está hoy en marcha acelerada. Desde los años 70 forma parte de los programas de las izquierdas políticas de Europa y América, y en particular de los partidos socialistas europeos. Estos apuntan a una “revolución total”, definida como “una revolución en las formas de sentir, de actuar y de pensar, una revolución en las formas de vida colectiva e individual, en suma, una revolución de la civilización”. (3) También ha sido llamada como la revolución psicososexual, porque su “fuerza decisiva”, como explica un ideólogo francés, es la “sexualidad expansiva” (entiéndase sin frenos), la cual “debe acompañar el curso de la revolución económica, social y política” (4). )

Por el efecto de este fenómeno, la agenda política de perversión de las costumbres (divorcio, aborto, concubinato y unión homosexual, amor libre, igualdad entre esposa y concubina, entre hijos legítimos y naturales, orientación estatal y educación sexual obligatoria desde la 1ª infancia, rechazo progresivo de la influencia de la Iglesia en la educación y en la cultura), que a principios del siglo XX sólo era apoyada por los partidos nítidamente marxistas, hoy es tolerada por gran parte de los partidos, incluso por muchos que se creen y se dicen de centro o de derecha. Y naturalmente esta agenda se va imponiendo en las leyes y en la vida cotidiana.

Multiforme ofensiva neopagana y desintegradora

Bajo este sutil bombardeo sobre los impulsos sexuales de los pueblos, nuestros países son blanco de una ofensiva neopagana y desintegradora.  Su acoso es incesante: por la inundación de la pornografía dura en la prensa popular, o la blanda en la prensa “seria”; por torrentes de telebasura que la TV descarga diariamente en los hogares; en las modas cada vez más vulgares, procaces y tendientes al nudismo; en la inducción al permisivismo creciente; en los programas de educación sexual que conducen al libertinaje y en los planes de “salud sexual y reproductiva” que los amparan; en el aborto legalizado o clandestino, abiertamente tolerado; en las diversiones, cine, música y bailes cada vez más frenéticas y enloquecedores que se ofrece a los jóvenes; en el gigantesco esfuerzo mediático para derribar las barreras contra la homosexualidad, etc. En suma, en la obsesión sexopática que satura el ambiente publicitario y cultural.

Incomprensible omisión, triste paradoja

La nueva estrategia revolucionaria pretende acabar con la familia a través de una gradual introducción de la anarquía sexual, ante-sala de la anarquía total. Esto es fundamental: ellos son graduales en la estrategia, pero radicales en la meta. Aquellos que no tengan esto claro, simplemente no entenderán casi nada de lo que ocurre, ni de lo que podrá ocurrir. Ante la Revolución Cultural en curso, harán el triste papel -sobre todo si de dirigentes se trata- del “ciego que guía a otros ciegos” (cfr. Mat. 15, 14).

La familia verdadera casi no encuentra líderes políticos que la defiendan, lo que es inaudito, dado el papel vital que tiene para el presente y el futuro de las naciones. Inaudito además por el odio radical y sin tregua con la que es combatida. Curiosamente es un tema casi siempre ausente de todas las campañas electorales, en gran parte porque la izquierda desea demoler a la familia de forma sutil e inadvertida, y también porque los demás partidos son conniventes con ese programa.

La agenda política de perversión de las costumbres (divorcio, aborto, concubinato y unión homosexual, en el camino del amor libre, etc.) tiene como meta la desaparición de la familia tradicional

Numerosas naciones viven así una triste paradoja. Mientras las elecciones confirman el rechazo del electorado a la izquierda radical, la Revolución Cultural empuja a los países, de forma gradual, hacia la meta más extrema perseguida por ella. Y lo que el comunismo nunca logró directamente a través de bombas o de las urnas, sus secuaces lo están consiguiendo por esta nueva vía.

En estas circunstancias, los líderes de inspiración cristiana deberían asumir la defensa de la familia amenazada con inteligencia, constancia y coraje. Deberían enfrentar la ofensiva de los lobbies ideológicos internacionales que promueven su desintegración a través de crímenes como el aborto, la perversión homosexual, el libertinaje. Y no mediocremente como lo vienen haciendo, si es que lo hacen.

¿Nuestra clase dirigente cumplirán con su deber de resistir?

Las calamidades socioeconómicas causadas desde los años 60 por el socialismo se debieron, en gran medida, a la indolencia de las clases dirigentes, que no supieron preverlas, ni enfrentarlas. Parecería que hoy, esas mismas clases recaerán en esa misma actitud, torpe y cobarde, frente a la devastadora Revolución Cultural, de la cual muchos de sus miembros desafortunadamente fueron cómplices por acción u omisión.

A estos elementos se aplica la advertencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su consagrada obra Revolución y Contra-Revolución: “Una autoridad social que se degrada es, también ella, comparable a la sal que no sala. Sólo sirve para ser tirada en la calle, para que sobre ella pisen los transeúntes (cfr Mt. 5, 13). Así lo harán, en la mayoría de los casos, las multitudes llenas de desprecio. “(5)

Otro tanto cabe decir de la Jerarquía Eclesiástica católica en diversos países que, a veces, parece haber preferido evitar conflictos con el poder temporal, en vez de defender los principios atacados. 

No obstante, si algunos representantes de las clases dirigentes, y a fortiori del clero, resuelven dar ejemplo de verdadero celo por el bien moral de las naciones, y asumen con intrepidez el deber que les corresponde, podrán aún revertir la situación. En muchos ambientes encontrarán millones de almas – perplejas, dispersas y aisladas, pero profundamente indignadas con la corrupción galopante- que esperan una voz convocándolas a resistir. A esas almas la Divina Providencia ciertamente dará, en el momento clave, ayuda, luces y fuerzas inéditas para conducirlas a la victoria.


Notas de pié de página:
1. Cf .. P. Alfredo Sáenz, Antonio Gramsci y la Revolución Cultural la , Ed. Gladius, Buenos Aires, 1997.
2. Herbert Marcuse, La Sociedad Carnívora, Editorial Galerna, Buenos Aires, 2ª ed., 1969, p. 45.
3. Pierre Fougeyrollas, Marx, Freud et la révolution totale, Anthropos, París, 1972, p. 390.
4. Idem, p. 367.
5. Plinio, y revolución contra-revolución, Ed. Tradición y Acción, Lima, 2005, parte II, cap. XI 1 A.